Publicado originalmente en Bitácora Sexodiversa, El tenía que… es un «relato breve cargado de suspenso y giros inesperados, describe el autodesprecio y odio hacia los demás que experimenta un joven homosexual, donde la soledad, es la emoción más resaltante».
A continuación encontrarás fragmentos de este relato de mi autoría. Para leerlo completo sigue el siguiente enlace: El tenía que…
Alex se apoyó en el lavamanos ante las repentinas náuseas que sintió, estaba débil, cansado; las lágrimas seguían cayendo y sentía que le faltaba el oxígeno, su respiración era cada vez más rápida, irregular. De pronto, de un puñetazo, Alex partió en cientos de fragmentos el espejo. Vio entonces su mano ensangrentada. Alexander permaneció inmóvil, sus ojos estaban fijos en la sangre, su respiración se detuvo unos segundos y no podía pensar; la sangre parecía decirle: “Derrámame Alex”, mientras goteaba de sus nudillos y manchaba de rojo el color hueso del lavamanos.
…
Alex tenía la respiración entrecortada y sus pupilas estaban dilatadas, nunca se había sentido tan mal y desde el incidente en el espejo, no podía sacar de su mente el rojo intenso de su sangre y el contraste que esta hacía con el lavamanos. Bajó las escaleras más rápido que de costumbre y se detuvo súbitamente en el último escalón.
Un mendigo conocido, Zamuro, se levantaba del suelo, todo lo veía borroso por el alcohol y la resaca, por lo que se tambaleaba. Él sabía que la única forma de quitarse el malestar y el hambre era con más alcohol, por lo que revisó sus bolsillos; no encontró en ellos más que suciedad y a su fiel pero oxidada navaja.
…
A pesar de que no podía estar seguro de donde clavar el cuchillo, el indigente sabía que la mejor estrategia era sacudir el cuchillo frente al chico; de esta manera le haría daño o lo asustaría lo suficiente como para que suelte el dinero. Él, retrocedía mientras Zamuro lo seguía con la navaja, tanto como le permitían sus sentidos.
—Te metiste en mí callejón- dijo cuando sacudió el cuchillo e hirió en el rostro al joven.
Zamuro vio como el chico vacilaba, de haber estado sobrio habría visto como sus
pupilas se dilataron; y tras ver que no tenía salida, se abalanzaba sobre él.
Alexander no podía permitirse sufrir ni una vez más; por su mente cruzó el nombre de su víctima, si lo lograba no sufriría de nuevo; sintió como su sangre hirvió cuando pensó en él, la rabia aumentaba sin saber porqué, y lo odiaba, realmente lo odiaba. La conclusión era sencilla: él tenía que morir.
…
Subió apresurado por las escaleras y abrió la puerta, ya era de noche y David dormía plácidamente en su cama. Entró en el cuarto y lo observó, le resultó extraño que en todo el tiempo que lo había conocido nunca lo hubiese visto dormir, mucho menos desnudo.
Alex se acercó a la cama, y rozó la frente de David con sus labios; éste murmuró algo entre sueños, sin despertar. Estaba tan necesitado de alguien como el mismo Alex, y en su estado, era demasiado frágil, y estaba demasiado expuesto; por un momento, Alexander pensó que no iba a poder hacerlo…
Alex oyó que tocaron a su puerta. Del otro lado se encontraba quieto un chiquillo, de unos ocho años, que sostenía una pelota roja y brillante en su brazo izquierdo mientras le sonreía.
Se levantó de la cama, aún medio dormido, se puso un calzoncillo, y se dio cuenta de que la noche que había planeado no resultó como esperaba.
Para leer el relato completo sigue el siguiente enlace: El tenía que…
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