El vals comenzaría en cualquier momento, los invitados tenían la mirada fija. Él –su hermano- se situó frente a ella, tomó su mano izquierda y la levantó ceremoniosamente; recordó todas las veces en las que no habían podido estar de acuerdo a la hora de bailar, y escuchó los cuchicheos y suspiros de las presentes. Con las primeras notas, el baile comenzó.
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Se deslizaron lentamente, de izquierda a derecha –como el vals lo exigía- a lo ancho y largo del salón. Bailaron suavemente, como si la pista se hubiese convertido en una playa y ellos dos en una gentil marea… Los presentes, observaban extasiados su vaivén; orgullosos y felices por los dos hermanos, y mucho más por la joven quinceañera.
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Hipnotizado por la música, él la guiaba, las notas del vals le eran palpables, acariciaban su cuerpo y le indicaban el compás. De un momento a otro, comenzó a aumentar el paso; ella pensó que algo no estaba bien, su hermano la estaba haciendo girar un poco más rápido de lo que indicaba el ritmo. Ella lo miró fijamente, pero él no la miraba. Él seguía haciéndola girar cada vez más y más rápido, y sonreía. De su boca, una estruendosa carcajada surgía.
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Y entre tantos movimientos y vueltas ocurrió algo que nadie pudo imaginar.
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