Me despierto. Te veo caminar hacia la cocina para preparar el desayuno; caminas lentamente con una mano entre tus boxers… y yo intento levantarme. Odio que me dejes sola en la habitación… Si no estás, ¿con quién compararme?, ¿con quién competir? Eres mejor que yo en todo sentido, y al mismo tiempo, te veo como una versión más torpe de mí misma.
Me levanto de la cama sigilosa y te busco. En la cocina llamo tu atención; te sorprendo e inmediatamente te alegras de verme. Te busco lo mínimo necesario para que desees buscarme…
Intentas besarme y acariciarme, cual gata rehúyo tus intentos… Quiero frustrar esos acercamientos, quiero que sean en mis términos.
Me preguntas qué quiero desayunar. Rodeo con mis brazos tu cuello y susurro un “lo que quieras…”. Sabes que es mentira; si no me gusta, lo dejaré intacto en la mesa.
Desperté malhumorada, tú, al contrario, siempre estás contento. Me cuentas anécdotas y chistes mientras cocinas. No te presto atención. Seguro me preguntarás por estas cosas después, y te molestarás por no saberlas; luego me ignorarás. Tus gestos y actitudes, me resultan más femeninos que los míos: un hombre delicado, femenino y torpe que nunca logrará entenderme.
Jugando contigo, trayendo el caos a tu vida, me divierto.
Me doy cuenta que ordenas las tazas por color en la alacena, tomo una y la desordeno a propósito. La ropa tiene su sitio específico, pero a diario encuentras mis prendas en los lugares más disparatados… Pequeñas cosas como esas te enloquecen, lo sé: Me divierte imaginar tus reacciones. Te amo, por eso hago imposible tu vida.
Te hago creer que soy una inútil en la cocina; me pides que te ayude haciendo una ensalada. Trozo el tomate de la peor manera imaginable. Me miras con cara de preocupación, dudas si de verdad soy tan torpe o si soy una imbécil. Pongo cara de tonta… y terminas de preparar la ensalada tú mismo.
Si estoy en la oficina, te llamo mil veces. “¡Es urgente!”, te digo cuando al fin atiendes. Te doy instrucciones innumerables de lo que necesito, contradictorias y confusas. Adoro escuchar cómo te esfuerzas para cumplir mis caprichos. Haces las cosas sin chistar, porque quieres complacerme. Pero no lo lograrás, mis instrucciones son un laberinto, incomprensibles para ti y para mí misma. Dejo por fuera detalles, para reclamarte después. Quiero que te sientas frustrado; que te lamentes por no haber hecho lo “único” que te pedí.
Me pregunto si las demás mujeres son como yo… si las demás quieren que sus hombres lo hagan todo y lo den todo para conquistarlas… El que ama todo lo da, pienso.
— Tengo sed—digo secamente a mitad del desayuno.
— ¿Qué quieres beber?, preguntas caminando hacia el refrigerador.
— No sé, algo rico.
Te observo revisar el refrigerador; sin decir nada hago gestos para que sepas no quiero té, no se me antoja un jugo. Cambias, decides revisar la alacena, vas sacando y metiendo las botellas: no quiero vino tinto ni blanco, ni me provoca una cerveza…
— Algo DISTINTO, nada que haya probado hasta ahora.
Te quedas inmóvil, cómo si no supieras que hacer. Así que me preparo para un nuevo juego.
— ¿Por qué eres tan inútil? Sólo quiero darme un gusto, pero parece que es mucho pedir… ¿Qué haces ahí parado? Vete, y no vuelvas hasta que me traigas algo que no haya probado nunca.
Obediente, te colocas una polera y sales del departamento murmurando. Yo esperaré en la mesa, triunfal. Pasa una hora; temo que no puedas complacerme. Empiezo a dar vueltas en la sala como una loca; me desespero. Pasa una hora más y comienzo a dudar, ¿qué pasará si no vuelve?
Pero lo haces, dos horas después escucho tus llaves en la puerta. Corro a la habitación y me recuesto en la cama segura de tu fracaso, esperando oir tus excusas y disculpas, pensando las palabras que diré para explicarte que, si no fuera por lo mucho que te amo, no estaríamos juntos: yo merezco algo mejor.
Para mi sorpresa, entras lentamente en la habitación, traes un vaso posado en una bandeja.
¿Lo habrás conseguido? ¡Imposible! No hay manera de que sepas si he probado lo que traes, puedo mentir y reclamarte igual. Te detienes frente a mí. Veo el hielo moverse y las gotas caer del vaso; no reconozco el color turbio del líquido.
Me miras a los ojos; me desafías. Me ofreces el agua que diligentemente recogiste del Mapocho.
¡Me niego a que seas el ganador de esta contienda!, y la bebo hasta la última gota.
Deja un comentario