Ligia mantenía una estricta limpieza de su hogar. Justo al salir de casa, debía pasar un último trapeador. Esto hacía que llegara tarde a cualquier compromiso, y muchas veces hasta a su trabajo. Decía, que la casa debía recibirla siempre limpia y con un buen aroma.
Ella limpiaba el baño exhaustivamente. Ligia era capaz de llenar las baldosas de las paredes y pisos con cloro; no estaba tranquila si no lustraba las baldosas con un cepillo. Con la cocina era igual de exigente, lavaba con agua hirviendo la vajilla y las ollas. La idea de preparar un pollo o una carne se le hacía una locura; imaginaba que las gotas de agua y sangre salpicarían por todos lados, y en lugares donde ella no sabría. Para no ensuciar su cocina, prefería que la mayoría de sus comidas fueran “listas para calentar”, procesadas y pasteurizadas.
Era verano cuando preparaba un desayuno. Tal como el ritual diario demandaba, se serviría un plato de cereal de hojuelas que recién había comprado. Sirvió la leche mirando el teléfono, y seguidamente el cereal.
Cuando se dispuso a comer encontró una hojuela de color negro, justo en el medio del plato de cereal.
— Se habrá tostado demás— dijo con duda —. Presentaré una queja con la empresa de cereal.
Al acercar la cuchara al plato para retirarla, lo que inicialmente le pareció una hojuela se había movido en el plato. Apenas comprendiendo lo que sucedía, y por el susto, arrojó el plato al suelo. Busco el trapeador y tanteó buscando a la intrusa. Le tranquilizó saber que no la había perdido de vista: estaba inmóvil sobre la leche derramada.
Sin respirar y casi cerrando los ojos, Ligia golpeó violentamente una y otra vez el sitio donde estaba la cucaracha. Esto causó un desorden a un mayor, pero ella se encargaría de limpiarlo. Levantó el trapero para asegurarse de que la cucaracha estuviera muerta, y la sorprendió el descubrir únicamente una mancha blanca regada en el piso.
— ¿Dónde está? ¿Dónde estará? — decía mientras movía los muebles de la cocina y buscaba a la intrusa.
Pasaron las horas pero no pudo dar con ella. Llamó a su jefe y le pidió un día libre en su oficina. Al siguiente día barrió y trapeó como nunca su cocina, limpió el horno, vació los gabinetes, movió todo de lugar. Prácticamente, reorganizó su cocina, pero no la consiguió.
— Si no está en mi casa, debe haberse ido a casa del vecino. — se dijo a sí misma, para tratar de dormir, esa noche y el resto de las noches.
Las semanas transcurrieron igual que antes. Ligia retomó su rutina, sólo con un ligero cambio en el desayuno: sándwich sencillo de jamón y queso. Nada que pudiera traer otro polizón a su hogar.
— ¡Deben ser las crías de la desgraciada esa!
Una noche, un par de meses después, llegó del trabajo y se preparó la cena. Abrió la alacena y se consiguió con dos pequeñas cucarachas.
Corrió tras ellas y con el zapato las aniquiló. Esa noche no durmió, pensaba en los lugares donde podían estar escondidas las demás.
Al día siguiente compró una caja de insecticida, suficiente para dos apartamentos. Aprovechó todas sus ideas de la noche anterior: regó el polvo azul detrás de la cocina, en las esquinas de las paredes, en las gavetas y closets, sobre la mesa, en la alacena. No hubo lugar sobre el que no hubiera un montículo de polvo azul.
— No podré comer en la casa por un par de días, pero valdrá la pena.
No trapearía ni barrería esa semana, debía dejar que el insecticida hiciera efecto. Pidió a su jefe una semana libre, a cuenta de sus días pendientes de vacaciones. A regañadientes su jefe aceptó, sólo cuando le dijo que su casa estaba invadida y que no podría concentrarse en su trabajo mientras esto fuera así.
Al salir de la habitación sintió gusto, a medida que caminaba encontraba pequeños cadáveres. Los escuchaba reventar cuando los pisaba para asegurarse que en verdad estuvieran muertos. Se sentía asqueada, pero contenta.
Dejó el polvo actuar un par de días más unos días más. Si todo salía bien, podría volver a la oficina antes de lo esperado. En su casa, solo caminaba por los lugares donde el polvo azul no reinaba.
Salía durante el día, para evitar el contacto prolongado con el polvo. Se iba a la biblioteca, investigaba sobre la plaga que la asechaba. Le preocupaba no haber visto a aquella cucaracha negra y grande que vio el primer día. Descubrió, que las cucarachas pueden crecer con tan sólo migajas, y que pueden sobrevivir hasta dos semanas sin agua y comida.
Cansada del estrés que la situación le causaba, volvió a su casa y se tiró en el mueble de la sala. Pensaba en que éste era su último día de permiso, y del cansancio se durmió…
La despertó el cosquilleo de dos pequeñas ninfas que pasaban por sus pies. Brincó, el polvo no había sido suficientemente potente. Fue a la cocina, revisó los gabinetes buscaba algo que pudiera acabar con ellas.
— ¡Ellas NO me van a volver loca!— dijo, al levantar un envase de querosén.
Procedió a regar el líquido en las hendiduras de la cocina, sobre la mesa, sobre las esquinas, en los pies del sofá y en los gabinetes. El olor era fortísimo, vio a algunas ninfas ahogarse en el querosén y con otras se dio el gusto de aplastarlas cuando huían.
Fue a su cuarto, el olor a querosén le deba tranquilidad. Pero no se confiaría. En la madrugada se levantó de la cama, silenciosa caminó a su cocina. Ésta se había convertido en un cementerio: decenas de puntos marrones flotaban en charcos del líquido.
Tomó la escoba y empezó a recolectarlos. Ligia hizo una pequeña pila con los cadáveres y se felicitó a sí misma por mantener la calma. Dando una última mirada a su habitación la sorprendió un punto negro en el techo. Pudo ver claramente los ojos marrones de aquella cucaracha, la que había iniciado su suplicio. Ligia tembló de la aversión.
Con un movimiento rápido tomó el envase de querosén y arrojó el contenido sobre la indeseable. La mancha voló, era rápida como una mosca negra. Ligia no la perdió de vista. La cucaracha se posó en la puerta del refrigerador. La mujer volvió a arrojarle el líquido. El bicho anticipó sus movimientos y se escapó una vez más.
Esta vez, la cucaracha se posó sobre la hornilla de la cocina, frente a ella, desafiándola. Ahogaría a la desgraciada, no se detendría. Pero había exagerado en su último ataque: no había nada en el envase. Desesperada, intentó lanzárselo, y perdió el equilibrio.
Ligia estaba empapada en querosén y su rostro manchado de polvo azul. En el piso, el olor del líquido la abrumaba y le dificultaba la respiración. El estruendo de su caída había espantado al bicho y lo vio volar. Al levantarse, no supo donde se escondía. Quiso llorar, pero sacó fuerzas de donde no tenía.
— Ella JURA que me va a volver loca. ¡Pero antes, acabo YO con ella! — gritó esto último, al encender el envase de querosén y arrojarlo al piso.
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