El veleidoso David

Me cuadré una catirita en el matrimonio de mi prima. Estudia en un colegio de monjas del Paraíso, y tiene 16 años, como yo. Esto, me lo contó el tío Miguel, quien en realidad, es primo y amigo de mi mamá, y le decimos así porque vivimos en su apartamento desde que se separó de mi padrastro, hace 2 años.

Pensaba que la chamita era una santurrona, pero nada que ver… ¡Era candela! Se dejaba agarrar las nalgas y se movía como una diabla mientras bailábamos bachata. Levantaba su celular, miraba a todos lados y decía en voz alta «¡SELFI!», para estrujarme el machete sin que nadie se diera cuenta.

—Daví’, no vayas a pensar que soy así siempre… es que el ron me pone sabrosita— me dijo cerquita al oído y sentí un tirón en el boxer.

El festejo terminó y quedé con una parazón que no bajaba. Antes de despedirse —e irse en un carro con otro tipo— me dio su contacto: «Lucía». Al guardarlo lo cambié por «Lucía, la católica».

Regresamos de la fiesta. Parecía que todos —menos los novios— estaban en el apartamento de Miguel. Era el propio galpón chino: hileras de gente sudada, colchones improvisados y pilas de ropa alrededor de la sala. Cuando el tío Miguel me pasó su brazo sobre el hombro y en voz baja me preguntó si quería dormir en su cuarto, respiré aliviado. Al menos no dormiría en el piso.

Aunque siempre había sido atento y especialmente cariñoso conmigo, Miguel nunca nos había dejado entrar a su cuarto. Su cama matrimonial estaba perfectamente arreglada, a su lado estaba una mesita de noche que tenía encima un paquete de condones dorados y una foto reciente de cuando cumplió 36 años. Al pasar, entraba al fin a ese espacio ajeno, su perfume se mezclaba con el olor dulzón de su sudor, y me hacía sentir inquieto.

Cómo mamá y yo vivíamos arrimados, mis cosas quedaron en un rincón de la sala, así que tendría que dormir en boxer y franelilla. Con pudor, me quité el saco y el pantalón dándole la espalda a Miguel y subí a su cama pasándole por encima, casi rozándole con mi erección. Cerré los ojos. Sentía que las horas pasaban, y me era imposible dormir. No dejaba de dar vueltas y pensar en Lucía, en cómo me lo agarraba y en lo calientico que se sentía debajo de su falda. Boca abajo, apretaba el güevo contra el colchón, esperando que Miguel no se diera cuenta. ¡Qué mierda es vivir arrimados! Dormir siempre en esa sala, y masturbarme callado.  

No tuve más remedio que ir al baño. Al abrir la puerta del cuarto, el piso había desaparecido bajo un mar de sábanas. Hice lo posible por no importunar a los demás. Incluso, tuve que gatear debajo de una mesa. En el espejo grande de la ducha, contemplé mi cuerpo y lo comparé con el de Miguel: mi espalda es más ancha y mi piel más clara, a mí se me notan las barras y los abdominales, y a él… las sentadillas.

¡Estaba durísimo! Imaginé a Lucía de rodillas frente a mí, confesándose cual buena niña católica… Escupí mi mano izquierda y dejé que ésta se convirtiera en su boca. Mi diestra exploraba mi pecho. El roce y la sensación de las uñas en mi piel se hacían más fuertes, marcándome y poniéndome a mil. Mi mano siniestra buscaba a Lucía, sus tetas redonditas, su culito… Mis nalgas se convirtieron en las suyas, las manoseaba y las estrujaba hasta el dolor… ¡quería morder mis propias nalgas!

El perfume dulzón penetró el pequeño baño, y mi mano, ahora áspera, se convirtió en la mano de Miguel… Mojé sus dedos y dejé que jugara entre mis nalgas, rozándome, mientras que la boca húmeda de Lucía, en un vaivén, bombeaba mi hombría. Los rostros de Lucía y Miguel se entremezclaban. ¡Soy el que manda y deben darme placer!:«Así es, Lucia… apretadita, mojada…, no pares», «Sí… Miguel, frótame… más rápido… ¡métemelo de una vez!», les rogué porque estaba a su merced. Cuando su dedo índice se abrió paso, no aguanté más y apunté al lavamanos. Era una gran boca, no importaba de quién: Miguel, el católico, o la tía Lucía. Mi cuerpo se sacudía hasta que un mar de luz blanquecina explotó en el espejo, las paredes y el baño entero… Sin darme cuenta estaba abrazado al lavamanos, exhausto. El agua fría me avivaba y al fin dejé de pensar en Lucía.

Al regresar al cuarto, floté sobre aquellos cuerpos regados en la sala que ya no importaban. En la cama, me recibían las nalgas duras de Miguel, marcadas bajo la fina sábana. La silueta de su torso delgado y viril estaba al descubierto. Vuelvo a sentirme inquieto. Llenándome de su perfume y su sudor, cierro la puerta con seguro.

Javier Pino Betancourt, 2022.

El 16 de octubre de 2022, el jurado conformado por María Alejandra Rojas, Katherine Castrillo y Óscar Villanueva, seleccionaron este cuento de autoría de Javier Pino Betancourt entre los ganadores de la edición única del Concurso de Relatos Breves Eróticos auspiciado y organizado por Pais Narrado Venezuela y Festival Circulo Escénico.

Leer veredicto de ganadores y menciones especiales en Instagram de Circulo Escénico (VE)

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